Historia


La paloma de “Vol Català”. Orígenes históricos

Debemos buscar sus ancestros más lejanos en palomas provenientes de oriente (Turquía, –Península de Anatolia–, Siria, Líbano, Jordania y norte de Egipto), y hacer especial referencia a una paloma con el cuerpo blanco y cabeza, alas y cola negras , que podía presentar también en algunos casos el escudo alar negro, y que se conoce en toda esa zona desde tiempo inmemorial. Antonín cita la posibilidad de que estas palomas evolucionaran a partir de ejemplares domesticados de Columba leuconata, con la que tienen evidente parecido (tamaño pequeño, ojo blanco, gen “lampiño” en la pluma, y facultad para el vuelo de altura)

El intenso comercio mediterráneo de los siglos XII, XIII y XIV las habría traído hasta la costa mediterránea, donde cruzadas con las palomas de primitivas razas “ornamentales” ya existentes en Grecia, Italia, España y el norte de África tipo colipavas, capuchinas y acorbatadas darían origen a las diversas ramas genéticas que han derivado en las actuales razas de los Países Catalanes (Cataluña, Valencia y Baleares).

Estas palomas tipo girat venidas de oriente tenían una configuración genética especial, que propiciaba que al cruzarlas con palomas azules tipo Columba livia se obtuviera un amplio abanico de colores y combinaciones de distribución del color, característica que constituye la principal seña de identidad de la actual paloma de vol català.

Según Antonín fueron estas palomas orientales tipo girat las que cruzadas con capuchinas seleccionadas para eliminar la capucha (mongines), y acorbatadas tipo tunecino conformaron la raza de palomas catalanas de vuelo tal como la conocemos en la actualidad.

Referencias

Ya en 1603 las menciona Jerónimo Cortés como palomas de vuelo, en Animales terrestres y volátiles; J. Cabanilles (1799) hace referencia en su obra Historia natural de las palomas domésticas y especialmente de Valencia a unas palomas de diversos colores con muy diferentes combinaciones de blanco y color en diferentes partes del cuerpo; Simón de Rojas Clemente (circa 1800) las vuelve a describir en su Nomenclator ornitológico; De Roo (1883) las cita cuando escribe sobre la Paloma Módena Italiana; Salvador Castelló habla de ellas en Colombofilia de 1898-1902; Wendell Mitchell Levi les dedica sendos capítulos en sus obras The Pigeon y Encyclopedia of Pigeon Breeds de 1965, gracias a un exhaustivo informe de Rafael Buch Brage; y Francesc Curet también las describe en el primero de sus 8 volúmenes de La vida a la llar (1981).

Las guerras de palomas o la edad de oro del “vol català”

Durante los siglos XVIII, XIX y hasta mediados del XX los aficionados a nuestra paloma catalana de vuelo pasaban horas en aquellas grandes estructuras de madera que eran los palomares montados en las azoteas, especialmente de las ciudades grandes como Barcelona, Valencia o Palma de Mallorca. (Francesc Carreras i Candi en su obra La Vía Layetana de 1913 nos cuenta que en los barrios de Sant Just y de Sta. María de la ciudad de Barcelona, a mediados del siglo XIX la afición a las guerras de palomas estaba tan extendida que casi la tercera parte de las casas tenían palomar en la azotea) Estos aficionados, pues, pasaban las horas en las alturas de sus palomares abstraídos de cualquier otra actividad mundana, dedicados a repasar diariamente los nidos y en especial los que contenían pichones de diez o doce días, en los que ya se abrían los cañones de las plumas y se podía valorar la calidad de dibujos y colores. Aquellos colomistes solían tener bandos de 150 o 200 palomas que, obedeciendo a palmas, chasquidos o golpes de bandera arrancaban a volar agrupándose inmediatamente para elevarse , evolucionando en círculo o elipse alrededor de su palomar, sin distanciarse nunca lo suficiente como para que su propietario los perdiera de vista.

Aquello, que era ya un espectáculo en sí mismo, todavía adquiría mas emoción cuando de repente aparecía en el cielo el bando de otro palomar cercano, probablemente lanzado al aire en el momento oportuno por un colomista rival… los bandos evolucionaban primero por su cuenta pero cuando coincidían las órbitas de ambos terminaban por juntarse formando un solo gran grupo. Entonces, el desafío estaba servido.

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Vista de Barcelona en los primeros años del siglo XX. Las estructuras de madera sobre muchos de los edificios son palomares de palomas catalanas de vuelo.

Se dejaban volar juntos los dos bandos un tiempo mientras cada aficionado quedaba pendiente de los gestos y artimañas de su oponente. Si sus azoteas estaban a la vista, se vigilaban mutuamente, en la distancia, preparados para la llamada. Cuando ésta se producía (simultánea, muchas veces, y a través de un sonido convenido entre cada colomista y sus palomas que las aves asociaban al reparto de grano), entonces las más veteranas tiraban hacia su palomar, arrastrando de vez en cuando en su rápida maniobra alguna despistada o inexperta del bando contrario que aparecía en la tabla de entrada del palomar equivocado. En ese momento la habilidad del colomista, asociada a un ingenioso sistema de poleas y compuertas establecido en la entrada superior del palomar, y jugando siempre con el hambre y el instinto gregario de la visitante hacía que la captura fuera fácil o difícil, posible o imposible.

Medio tapado para no aumentar la desconfianza del animal, que probablemente miraba nervioso en todas direcciones consciente de su error, con las cuerdas de las trampillas en las yemas de los dedos, el aficionado maniobraba para encerrar la paloma forastera…

Capturar o no capturar dependía mucho de la habilidad del colomista. Si después de todo había suerte y se hacía prisionera una paloma lo primero era disfrutar contemplando la calidad de la captura: Era un joven… un adulto… estaba ben pintat, es decir, con buen dibujo o distribución del color … mas tarde, y en función de las relaciones con el colomista vencido se le devolvía la cautiva, se canjeaba por un rescate en metálico que normalmente ya estaba acordado por la afición (Carreras Candi nos dice en la obra anteriormente citada que el rescate solía ser de media peseta), o se escondía para aparejarla y sacarle una postura, y si los palomares se habían declarado la guerra por disputas anteriores se decidía directamente no devolver el prisionero, o incluso podía llegarse a darle muerte.

Todas estas historias tenían su redondeo en las conversaciones de taberna, donde se lanzaban los desafíos y muchas veces se hablaba más de la cuenta.

Aquel frenesí competitivo (se rivalizaba en la perfección de patrones y colores, en la habilidad para maniobrar el bando en el aire y en las picardías para encerrar a las contrarias) hacía que nuestros colomistes se pasaran mucho tiempo en las azoteas; los espíritus de aquellos hombres quedaban presos de la magia de sus palomas, de sus dibujos, de sus colores, de la estética única de sus bandos en vuelo y de la sal y la pimienta de sus batallas aéreas.

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Un colomista y su familia, fotografiados en el palomar de vuelo de la azotea de su casa. Barcelona , 1909.